1983

¿Quedamos a las ocho?, tengo que hablar contigo.

Salir de clase, caminar feliz a su encuentro…

No recordó todas sus palabras, sólo las últimas: “Feliz cumpleaños, cuando puedas pasa un día por casa, tengo un regalo para ti, un disco de música brasileña que se que te gusta…”. Se acababa de desmoronar su mundo, se había quedado muerto en vida, incapaz de articular palabra ni pensamiento alguno, sólo, en su cabeza, se repetía un cuando puedas, un disco, ¡¿qué…?!

Dos días, un necesito hablar contigo.

Un día largo de espera, más alcohol en sangre de lo tolerable pero soportable, carajillo tras carajillo (fue un invierno duro), se fue destrozando el hígado con el alcohol y el cerebro con la cafeína, que no le permitía ningún tipo de relajamiento, sin dormir aquellos dos últimos días.

Palabras vacías, vanas justificaciones, ni un atisbo de esperanza.

Aquella madrugada, a quien sabe a que horas, insistiendo en un timbre donde no había respuesta. Algún vecino, irritado, gritando ¿no ves que no hay nadie?, él un susurrando si que lo hay, si que lo hay… negándose lo evidente: ¡no estaba ya!

Cruzar caminando toda Barcelona de vuelta a casa, quien sabe cuantas horas fueron.

Sentado al pie de la cama, en la mano una hoja de afeitar desnuda de su envoltorio, una mirada fija en ella y en su otro brazo.

El extremo se apoyó sobre la piel en donde se vislumbraban las venas, un dolor insoportable, la punta del filo apenas rozaba la muñeca y sentía como si le estuvieran desgarrando la carne a jirones. Había en ese contacto una sensación de inmenso calor como si de la punta de un soldador eléctrico se tratase, sentía como le abrasaba.

No brotó ni una gota de sangre, era imposible ejercer la presión necesaria para ello, jadeaba en el intento, el aire aún a bocanadas era escaso, se ahogaba. Sentía que se le había acabado el mundo y quiso que así fuera y no fue.

La presión emocional fue mucha, la cafeína que le mantuvo en tensión y despierto durante días dejó de golpe de hacer su efecto, en un momento sucumbió…

Abre los ojos, no sabe que hora es, aún vestido, está medio sentado medio tumbado a los pies de la cama. Mira a su alrededor, un armario abierto, una hoja de afeitar en el suelo junto a sus pies, nada tiene sentido. Se ducha, hace la maleta y no volvió.

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